martes, 14 de febrero de 2012

Un cuento chino

Hay quienes aseguran que sólo van al cine para no pensar; para pasar el rato, cosa que me parece perfecta. Pero no es mi caso. Más bien podría considerar que me encuentro justo en el lado opuesto de esa afirmación. Para mí el cine supone un viaje increíble.

El cine puede transmitir muchas sensaciones. Puede llevarte a lugares muy lejanos o identificarte con personajes que nada tienen que ver con tu vida. Puede hacernos sentir alegría, dolor, angustia, miedo, desesperación. Suelo ver varias películas a la semana, puesto que, junto a los libros, suponen de las mejores opciones de ocio que se me ocurren, de las que me hacen disfrutar de verdad.

Y de las películas que he visto últimamente, una de ellas, especialmente, me ha hecho "sentir" mucho. Me ha acercado a sus personajes, a los que casi podría decirse que incorporé durante días a mi vida. El filme se llama "Un cuento chino" y con este sugerente título cuenta una historia sencilla de incomprensión, soledad y esperanza, cargada de toda la complejidad humana.

Para empezar, decir que se trata de una co-producción argentina-española, y la industria del Río de la Plata rara vez decepciona.

El largometraje, dirigido por Sebastián Borensztein, está protagonizado por el icono del cine argentino, Ricardo Darín, y su compañero "chino" es Ignacio Huang.

El relato parte de un vínculo creado por el azar. Una vaca, un chino y un argentino. Una película de humor, articulada en la tragedia y en el absurdo. Un “cuento”, muchos mensajes.

Resulta que “el chino”, después de que una vaca caiga del cielo y mate a su amada prometida, llega a Buenos Aires sin hablar una palabra de español y con la dirección equivocada de un pariente.

Recién llegado, sufre un asalto y pierde todo su dinero. Así, desnudo en una tierra lejana, se encuentra con Roberto (Ricardo Darín), un ferretero gruñón y solitario, atrapado en el tiempo por su pasado doloroso. Y ahí comienza todo. Roberto se hace cargo del singular “personaje”. “El chino” se encarga también de Roberto, haciéndolo reaccionar frente a la vida.

Lo más sorprendente, es que el punto de partida de la película es una historia real, que su guionista leyó en el periódico. Y es que la vida supera a cualquier ficción.

A través de este "cuento chino" el espectador puede sentir aquello que atormenta e ilusiona a los personajes; puede acompañarlos en su extraño viaje y puede embriagarse con sus ganas de vivir, esa esperanza que parece no abandonar nunca al ser humano a pesar de sentirse, en ocasiones, en un túnel sin salida.

Vale la pena verla.

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